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24 de septiembre de 2016 Homepage  
De eso se trata Restauración

¿Has sido alguna vez traicionada, rechazada, abandonada? ¿Te has sentido así? ¿Te has visto indefensa?
No estaría faltando a la verdad si afirmo que cada una de nosotras sabemos qué significa ser lastimada. Heridas que vienen por palabras, por desprecios, por golpes, por engaños...Heridas fuertes, no tan fuertes, heridas al fin. El dolor tiene la habilidad de crear celdas y nos custodia para no volver a sufrir. Pero así como no nos deja salir ni sentir dolor, tampoco nos permite recibir a nadie.

La escritura nos presenta especiales relatos que muestran con claridad como el sufrimiento, el rencor, el perdón, son los componentes de una enseñanza radical que Dios anhela impartirnos: la reconciliación. Una de éstas historias refleja en la carta que el Apóstol Pablo le escribió a un hombre fiel que había sufrido el impacto de una traición. Perteneciente a una de las familias cristianas de Colosas, Filemón, líder de la iglesia, amado y ferviente colaborador del apóstol, fue perjudicado por la deslealtad de su ciervo Onésimo. Pero, de ser herido se convirtió en el destinatario de una petición singular. Si bien el apóstol no visitó Colosas, Filemón se entregó a Cristo por su intermedio y ahora se presentaba el momento para recibir una nueva instrucción por parte de su maestro. El amor de Dios era el fundamento, y la oportunidad la práctica del perdón.

Filemón había comprendido plenamente que amar al Señor y a los hombres era la escencia de ser cristiano.

Trataba y servía a las personas con entrega total; ese era su rasgo ministerial característico, él era ejemplo de compromiso y de amor para todo el Pueblo de Dios en aquella ciudad.

De manera un tanto incierta para él, y aún para nosotras, Pablo estrechó lazos con un fugitivo. Un esclavo que no era otro sino aquel que dándole rienda suelta a sus impulsos tomó como propio lo que era de su amo para luego huír alejándose lo más posible, llegando a ser su dirección final, Roma. Este "viaje" no pasó inadvertido a los ojos del Señor, quien provocó un cruce de destino santo.

Cada una de nosotras sabemos qué significa ser lastimadas.

El encuentro de Onésimo con el apóstol puso de manifiesto la salvación, y eso transformó sus días por venir, restauró su presente y alcanzó a un pasado restituyendo la dignidad perdida. Pablo supo comprender su corazón. Sin prejuicios, se ofrendó su cariño y lo convirtió en un buen colaborador en la obra del Reino. Se dió crédito a su corazón arrepentido, y así efectivizó un indulto onoroso, propio de la gracias del Señor.

Sin embargo, la realidad social en la que estaban inmersos no sabía de amor, de perdón, de nuevas oportunidades, ni de libertades legítimas, y ambos entendían que se enfrentaban a una situación difícil. En Roma los esclavos, siendo de un orden social establecido sin cuestionamientos, desempeñaban toda clase de trabajos, incluso labores que hoy se categorizan como profesionales, tales como la medicina. En casa de sus amos vivían mejor que en los campos, y los más competentes ascendían a una posición de administradores. Pero desde el punto de vista legal romano, sólo eran una propiedad, podían recibir maltratos o ser ejecutados sin ningún reparo y tan solo por mero capricho de sus dueños.

Es por eso que Pablo no ignoraba que Filemón estaba legalmente amparado para castigar a Onésimo. Y si bien era la misma ley la que comprometía a Filemón a recibir a su esclavo, el maestro no pretendía recordarle una imposición civil, más bien estaba procurando tocar su corazón. Entonces un profundo ruego se abre paso entre las palabras. No es clemencia lo que el apóstol pide. Es una apelación de amor sustentada en una realidad espiritual capaz de cambiar todas las perspectivas.

La capacidad de perdonar no evitó las lágrimas de la infidelidad sufrida, pero tampoco anuló el deseo de seguir depositanto confianza.

Cuando aprendemos a perdonar manifestamos la naturaleza de Dios impartida en nuestra vida. Propiciamos libertad para el que nos ofendió y para nosotros mismos; nos encontramos con la posibilidad de comprender el corazón y el propósito santo del Padre para con todos. Es que amar posibilita perdonar. Al enfrentar situaciones que nos quebrantan, invariablemente hay personas involucradas. Y aunque no siempre las relaciones se recuperan, aún cuando no exista manera más que empezar denuevo porque no quedó nada para enmendar, pese a que los demás puedan no arrepentirse, puedan seguir incluso siendo malos, nosotros podemos restituirnos. La restauración de nuestra integridad está cercana en Dios.

Para eso vivía Pablo. Para eso vivía Fiemón. Para eso vivía Onésimo. Para eso vivimos ustedes y yo. Porque delante del Trono también estamos nosotras. Porque un hijo una hija de Dios sabe dar con su vida, testimonio genuino y tangible del amor sin límites de Dios. Porque no hay experiencia que supere el sentido de misión que tenemos. Pese a todo y por todo, Dios siempre será exaltado y extendido su nombre sobre la Tierra. De eso se trata el amor. De eso se trata el perdón.

Adaptación del análisis sobre la carta a Filemón expuesto en el libro de estudio Legado de Fe.
Por Leila Vidal, Uno Mayor Ediciones. Bs. As., 2015, págs. 129-136.

Leila Vidal
Profesora de Filosofía.
Miembro de la Iglesia Evangñelica Bautista Lanús de Cristo,
ministerio La Casa del Padre.
Integrante dek ministerio de adoración y del ministerio de educación cristiana,
codirectora de EDEMI: Escuela de Desarrollo Ministerial "Gestión del Reino"

Extracto de nota extraída de Revista Quehacer Femenino Nro 232, página 6



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