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16 de febrero de 2017 Homepage  
DEVASTACIÓN, ACEPTACIÓN, RESTAURACIÓN
Testimonio de una experiencia en programa sobre adicciones

Me gustaría que sintetizaras en tres palabras o ideas clave cómo ha sido tu experiencia como mamá de alguien que tuvo problemas con el consumo y la adicción. Tres palabras relacionadas con tres momentos y etapas en la vida.

La primera podría decirte que fue la DEVASTACIÓN.
Porque toda familia que tiene un integrante que consume o con una conducta disfuncional en sus emociones: ira, depresión y demás, queda partida por la mitad. Es un antes y un después para la familia. Cuando se atraviesan estas situaciones o problemáticas hay uno, dos o más en la familia que han cambiado los roles. Un hermano o un hijo que hace de padre, una madre que hace de padre o un padre que hace de hijo. Cuando uno registra o te cuenta un hijo (en mi caso él me lo contó en las dos instancias, con diferentes edades), obviamente que sentís mucha preocupación, tristeza, depresión, pero más allá de todo eso, que es válido, lo más importante es ocuparse y pedir ayuda. Después del primer impacto… cuando una reacciona.
Sí, porque la ira puede llevar a un hijo a golpearte, a la violencia con la novia, a estar judicializado y cualquier tristeza te puede llevar a una depresión. Es necesario poner en el mismo nivel a la persona en esta situación con aquella que consume comida o compra compulsivamente, o al adicto al trabajo. Todas son conductas adictivas, unas socialmente aceptadas y otras no. Por eso hay que ver a la persona como alguien con un problema que no puede resolver, sea por un vacío, una pérdida, una angustia, por querer llamar la atención, por la autoestima baja.
Es fundamental conocer, ver las amistades, el entorno en que se mueve.
Después de ocuparse con un profesional o programa, apelar a recursos —por lo menos a mí me sirvieron— que pueden generar resistencia en el otro o enojo, pero que si uno tiene en claro que va a llegar al camino de esa manera, hay que hacerlo. Por ejemplo, poner límites, alejarlo de las amistades que están en lo mismo y después ver qué necesita. Algunos se internan, en mi caso, lo llevamos a una granja después del programa. En ese momento teníamos en la familia a un integrante con un diagnóstico de enfermedad terminal, por lo tanto, en el poco tiempo disponible había que ocuparse y actuar con rapidez.

La segunda etapa es la ACEPTACIÓN.
Cuando uno se ocupa te duele, te enoja, te preguntás: “¿Por qué pasa ahora? Es injusto, en esta situación tan difícil…”. Aceptarlo va de la mano con: ¿Qué hago? Pido ayuda: profesionales, grupos —que hay muy buenos— y lo acompaño. Si se resiste la persona, con que uno de la familia tome las riendas, pida tratamiento… se produce un efecto dominó, va a generar cambios en esa familia que ha funcionado durante mucho tiempo disfuncionalmente.

Me gustó la metáfora con que describiste la situación: un desierto que hay que atravesar.

Sí, de la mano del Señor y del terapeuta, en este caso creyente, buscar estrategias y ser obediente, disciplinado. Yo decidí no bordear el desierto, sino atravesarlo por la mitad, sabiendo que al otro lado se podía llegar. Y en el mientras tanto, pasamos por la desolación, la soledad, el desamparo, pero siempre con la convicción de que la luz está del otro lado. Entonces, lleve el tiempo que lleve, se cruza esperanzadamente y creyendo que hay solución y que esta prueba, que no elegimos, es por algún propósito. Y salimos fortalecidos.
Después uno lo descubre, pero en el momento no. Es demasiado dolor. Manejar la culpa, qué hice mal. Hay responsabilidades, culpas no. En el tema de un hijo o un esposo siempre hay amor y buena intención, pero cometemos errores.
Depende entonces también de la valoración que hacemos.
Sí, yo me sentía muy culpable porque trabajaba con adolescentes, el tema de la droga me llegaba mucho, hice muchos cursos para ayudar a mis alumnos y tenía el problema en mi casa, sin saber. Cuando alguien me dijo que mi hijo había perdido peso, tomé conciencia de que algo pasaba, y descubrí el consumo. Me sentía culpable porque me considero una mamá presente, siempre estuvo el diálogo. Se hablaba en casa de todo, de la droga, de las amistades, y parecía que con eso había alcanzado. Cuando te pasa, te preguntás, en qué fallé, no, hice todo de la mejor manera. Tres hijos que enfrentaron la situación problemática, el divorcio o lo que fuera, dos lo resolvieron de una manera sana y uno no pudo. Bueno, hay que ayudarlo, pero el que va a salir es él. La familia no es la misma, no queda igual, pero lo ideal es que salgamos fortalecidos.
Buscar un equilibrio porque a veces por querer proteger, los sobreprotegemos.
En mi caso, por situaciones de niño, convulsiones, siempre tendí a sobreprotegerlo. Tratar de que las situaciones no fueran duras para él y esa contención, exceso de amor, no fue bueno.
Tampoco, ir al otro extremo: “Te arreglás solo porque me decepcionaste”. La vergüenza, qué van a decir, todo el mundo va a saber. Qué pensarán de mí. Porque la tendencia es concluir: no fui buena madre, hice algo mal. Cuando uno logra correrse de eso, saber que actuó bien en la medida de sus posibilidades, te prepara para ayudar a que él resuelva su problema. Si no, uno cae en la depresión, el enojo, pasamos a ser protagonistas nosotras, nos sentimos víctimas, “Por qué nos hacés esto”. No es bueno, pero en el momento tendemos a decirlo.
Buscar herramientas, hacer lo que te dicen. Los adultos somos nosotros, en este caso yo, había que tomar el toro por las astas. Sacar el celular, apartar a los amigos: “A vos no te quiero ver cerca de mi hijo por tanto tiempo, mientras esté en tratamiento”, controlar las llamadas, cuidar el entorno. En el caso de mi hijo quedaron dos amigos, en otros, ninguno. Es duro, se va a enojar, porque no quiere, porque le gusta. Pero con firmeza y amor, sin temerle a las reacciones de los hijos. Tener en claro que es tu rol y que tiene que obedecer tenga la edad que tenga, 18, 20 o 24. Entonces uno se relaja y resulta.

La tercera etapa es la RESTAURACIÓN.
En nuestro caso recurrimos a un programa, el programa Vivir cuyos directores son psiquiatras creyentes que se especializaron en adicciones y emociones porque encontraron una fuerte relación entre las dos.
Mi hijo asistió al programa con distintas etapas. De ayuda mutua, testimonios, recursos, dejar de considerar que su problema es único y el más importante, con grupos pequeños, varones con coordinador hombre, mujer con coordinadora mujer. En el medio de la semana está Crecimiento Espiritual, para gente que cree o no. Hay un nivel primero, de gente que no cree, que es atea, agnóstica, no importa, va igual. Y un segundo nivel, para creyentes: el viernes todo el grupo junto escucha videos del pastor, Sebastián Palermo.
Se trabaja la tristeza, la ira, los miedos, la vida, las emociones básicas. La ira se relaciona con las situaciones que uno considera injustas, otro meollo de la situación es la valoración que hacemos de ella.
La tristeza está relacionada con una pérdida, algo se perdió y por eso entra la tristeza, la depresión. Los miedos con pensar el futuro como catástrofe, agrandar el problema, el temor.
La otra punta es el logro restaurador, es decir, a pesar de que algo malo me ocurre, a pesar de una recaída, yo puedo vivir con eso. Son emociones “primas hermanas” básicas. Ver las vidas transformadas a través de Dios. Sin subestimar otros programas, otros grupos que se han rehabilitado durante mucho tiempo o toda la vida. Nosotros vemos que, aferrados a Cristo, se puede. Porque lo que genera Cristo en la vida hace que haya un proyecto y, sujetados a eso, aun las debilidades se transforman en fortalezas.

Es necesario ser muy cuidadoso con las palabras: vos podés, se puede, hay que hacerlo, siempre afirmaciones positivas, no permitir el “no puedo, no es para mí, no soy capaz, esto me puede, me supera”. Nada te supera, todo lo vas a poder. Se para desde la esperanza.

Consideramos vidas transformadas porque vemos cambios que de otro modo no hubieran sido posibles. Es la experiencia de entrega a Dios lo que hace posible, aceptándolo como forma de vida. Vemos los coordinadores de grupos que son rehabilitados y se sostienen en el día a día en el Señor porque han encontrado en Él un proyecto de vida. No evangelizamos, no hablamos de religión, pero sabemos y palpamos que el éxito está en la transformación que produce Dios en cada vida. Creemos y estamos convencidos de que solo Él puede cambiar vidas para atravesar los desiertos de su mano.
Mi agradecimiento es tan grande que luego de muchos años de capacitación en el programa traté de ayudar donde hiciera falta. Ayudar a otras familias, madres, abuelas y esposas. No sé por qué, pero veo que siempre las mujeres somos las guerreras.
También trabajé en admisión. El programa acepta a personas que quieran hacerlo, quien no quiera, no ingresa y se indica a la familia que otro integrante que esté en un lugar sano, haga el programa y de este modo de a poco, verá que es productivo para quien tenga el problema. En admisiones uno ve cómo llega la gente y cuando se le pregunta cuándo empezó con la sustancia, sea alcohol u otra, hay un momento en que se quiebra porque vuelve a la primera vez o al inicio de su adicción. Se da cuenta por qué y después de aprender qué emociones lo dominan, comienza el cambio. Es muy interesante estar en las admisiones.
Otra importante experiencia es ser coordinador de grupo. Generalmente son personas que han atravesado el consumo y eso es muy edificante para el grupo por ser alguien restaurado que habla desde el mismo lugar de quien lo padece y ahora está con una familia armada, un proyecto, estudios concluidos. Un recurso importante es visualizar un proyecto, aunque sea cortito, uno se da cuenta de que lo puede hacer y eso lo estimula para seguir.
Cuando llegan preguntan, cuánto dura esto, no es para mí, no voy a poder. Es necesario ser muy cuidadoso con las palabras: vos podés, se puede, hay que hacerlo, siempre afirmaciones positivas, no permitir el “no puedo, no es para mí, no soy capaz, esto me puede, me supera”. Nada te supera, todo lo vas a poder. Se para desde la esperanza.

Es importante que el coordinador sea el mismo porque los cambios impactan en el grupo. Es por horario y ad honorem. El egreso es gradual. Hay conexión entre el coordinador de grupo, el de Crecimiento Espiritual y director general. En la primera etapa, deja de ir al grupo de los lunes, que es el más contenedor. Cuando se dan cuenta de que pueden sin esa reunión, pero asistiendo miércoles y viernes a crecimiento espiritual y dirección general, se fortalecen y afirman en la recuperación. Ya no tienen, o son mínimas, las conductas disfuncionales.
La iglesia presta las instalaciones y el programa es una actividad paralela a las propias de la congregación. No obstante, los coordinadores son generalmente líderes de la iglesia. Son todos creyentes, algunos de los operadores han atravesado alguna situación de consumo y, hoy, varios son pastores.

MÓNICA RODRÍGUEZ
Profesora de Castellano, Literatura y Latín
Docente en la ciudad de Neuquén
Miembro de la Primera Iglesia Bautista de la ciudad de Córdoba



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